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El voto no tiene precio, tiene valor.

20-01-2026

El voto no tiene precio, tiene valor.

 

 

Cada ciclo electoral nos encontramos ante el mismo circo donde desfilan viejos conocidos y recién llegados que, de la noche a la mañana, se autoproclaman expertos en la problemática nacional, regional y local. Sus soluciones parecen recetas improvisadas en sobremesas de té o café, porque en la vida real jamás se les ha visto involucrados. Y como buenos prestidigitadores del oportunismo, cambian de partido y de discurso según la tribuna: hoy prometen desde una cantera y mañana desde otra, sin más coherencia que la conveniencia del momento.

 

En nuestra región, esa costumbre se traduce en discursos que giran al vaivén del viento, tan confiables como una brújula averiada en manos de un improvisado. La estadística, la geopolítica y la pedagogía de la política terminan en el basurero; lo único que importa es repetir lo que la gente quiere escuchar, aunque sea un refrito sin sustento, aunque la realidad del vecino de a pie les importe un comino.

 

La política se ha convertido en una feria ambulante: candidatos disfrazados de vendedores de ilusiones recorren pueblos exhibiendo diplomas como certificados de garantía, mientras reparten gorras, chocolatadas y frases huecas sin convicción y el elector, reducido a cliente de mercado, responde con la misma ligereza con que se elige un plato del menú, sin reparar en que su dignidad se negocia al menudeo. Entre sentimentalismo barato y libretos prefabricados, la democracia se degrada en un espectáculo grotesco: un circo de súplicas y dádivas donde la competencia real desaparece y el voto termina convertido en mercancía de saldo.

 

Estos timadores de tómbola, con facha de candidatos, repiten el mismo libreto: derrotar la corrupción, acabar con la inseguridad, mejorar salud y educación, garantizar conectividad, impulsar turismo, agricultura, entre otras promesas que en campaña todo parece “pan comido”, pero en la práctica esos planes solo existen en la retórica de sus discursos. Se presentan como predicadores de fe, mendigando confianza en lugar de demostrar capacidad, y una vez cerradas las urnas desaparecen como avestruces con la cabeza enterrada, hasta el próximo proceso electoral. Mientras tanto, al pueblo que tanto dicen amar lo confían al iluminado de turno, atrapado en un círculo vicioso de súplicas y dádivas donde la visión se reduce a limosnas y la competencia a slogans huecos.

 

Ante este escenario, los ciudadanos debemos comprender que el poder no convierte a nadie en dueño del pueblo, sino en ejecutor de su voluntad. El voto no es un acto de fe ni una dádiva de confianza ciega; es una decisión consciente que designa trabajadores públicos encargados de conducir nuestros destinos y garantizar el bienestar colectivo. No es un cheque en blanco, sino un contrato social que obliga a responder con responsabilidad, resultados y rendición de cuentas.

 

Elegir autoridades no significa entregarles un trono ni conferirles poderes absolutos, sino contratar servidores temporales para administrar lo público con eficiencia y ética. Un cargo público no debe estar reservado para el que más invirtió, el que más engañó o el que más regalos ofreció, porque el tesoro público no es el cofre de donde debe recuperar sus inversiones.

 

El voto ciudadano debe asumirse como un instrumento de emancipación, capaz de romper el círculo vicioso de la política degradada. Si seguimos entregándonos al mismo ciclo de súplicas y dádivas, no solo fracasa la política: se arrastra nuestra dignidad y, con ella, el destino del pueblo condenado a repetir su miseria. La tarea, entonces, es clara: recordar que lo esencial no es la sonrisa de campaña ni la dádiva momentánea, sino exigir a los candidatos conocimiento real de los problemas y soluciones concretas para enfrentarlos. Solo así el voto deja de ser limosna y se convierte en acto consciente de soberanía.

 

Quienes conocemos de cerca la realidad vemos con lucidez cómo muchos aspirantes viven en una burbuja paralela, mientras el pueblo sobrevive en una distopía marcada por abandono e improvisación. La política no puede seguir reducida a un teatro de súplicas y regalos; debe transformarse en un espacio de responsabilidad y compromiso verdadero con la región. La salida está en despertar políticamente, en exigir liderazgo real sustentado en hechos y orientado al desarrollo colectivo. Porque votar no es mendigar esperanza: es ejercer soberanía.

 

El voto no entrega tronos, contrata servidores.

 

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